Vino y tradición por San Andrés

De San Andrés se dice que le gustaba el vino, tanto que acudió con retraso a la celebración del Día de Todos los Santos, el primero de noviembre, y por tal razón fue castigado a celebrar su festividad a finales de mes, concretamente el día 30.

No en todos los lugares se abren las bodegas de par en par el 29 de noviembre, víspera del santo. Sin duda, la isla de Tenerife es la que profesa una mayor devoción a esta tradición. Como reza el refranero popular: “Por San Andrés, el mosto, vino es”. Lo cierto es que esta celebración tienen detalles mágicos como la noche de San Juan; representa una fecha lúdica, como el día de San Isidro, y casi alcanza a encerrar ese hondo sentido religioso del 15 de agosto, la festividad de la Virgen de Candelaria.

En la noche de la tradicional apertura de las bodegas, el aroma de las castañas envuelve el aire y marca el camino en dirección hacia aquellos lugares donde es posible apreciar el resultado, hecho vino, de un año de esfuerzo y trabajo en los viñedos. Ya sabemos cómo presumen los viticultores tinerfeños, y con fundadas razones, de contar con una bodeguita particular en la que se atesoran el vino que dan los viñas cuidadas con mimo durante todo el año.

Y, como no podía ser de otra manera, tampoco falta el “enyesque” con el que se acompaña el vino nuevo: sardinas asadas, castañas (que bien se tuestan o bien se guisan con sal y matalahúva), un trozo de pescado salado, a ser posible de cherne o corvina, y batatas guisadas, acompañadas de mojo colorado. Hay quien prepara las viejas jareadas, a la brasa, con troncos de viña secos y dándoles posteriormente un hervor en agua. Después se trocea y se deja en maceración “de un día pa’ otro”, con aceite de oliva, vinagre y pimienta verde picona.

De norte a sur, todas las bodegas de la Isla convocan a visitantes y buenos comistrajes: garbanzas, carne fiesta, ropa vieja… Y música de parrandas. Con suficiente antelación se invita a los mejores tocadores a probar los vinos de las cientos de bodegas repartidas por la isla.

Ante tales manjares, el maridaje está más que definido; vino nuevo, eso sí, tinto o blanco en función de la zona. En los barrios del Valle de La Orotava se enqriquece la festividad con la tradición de “correr los cacharros”.

Correr el cacharro

Acto señalado de las fiestas en honor a San Andrés celebrado en el Puerto de la Cruz, Los Realejos y otras localidades del norte de la isla de Tenerife. Los niños, tras pasar días recolectando cacharros (latas, hasta electrodomésticos, bañeras, chatarra y cualquier objeto viejo que haga ruido) los ensartan en una verga (alambre) y al anochecer del día 29 de noviembre salen a las calles, armando un verdadero escándalo que llama la atención a los turistas que visitan la isla.

Esta manifestación está relacionada estrechamente con las tablas de San Andrés, pues es coincidente con la festividad de este santo y con la zona donde se realiza, Puerto de la Cruz.

El origen de esta práctica es muy oscuro. Las explicaciones son fruto de la leyenda. Se cuenta que el objeto de correr cacharros era hacer ruido para ahuyentar a la langosta o a las brujas; también que como San Andrés era cojo, llegó «borracho» y cargado de cacharros días después a su fiesta; o que San Andrés se quedó dormido y hubo que despertarlo con el ruido de los cacharros que los niños habían colgado de sus ropas. O quizá, que para limpiar los toneles con agua salada se hacían rodar por las pendientes hasta la costa y de ahí el ruido.

Es una fiesta que se ha perdido en los barrios y que el Ayuntamiento del Puerto de la Cruz alienta para que no desaparezca del casco urbano.

Existen varias teorías para relacionar la festividad del vino y el santo. Hay quienes argumentan que durante la acción de las plagas de langostas en las islas, se hacían correr los cacharros para de esta manera ahuyentarlas. Otros mantienen el vínculo directo con el vino y los bodegueros, quienes trasladaban las barricas hasta la costa para limpiarlas, utilizando tablas que evitaran dañar la estructura del tonel. También hay religiosos que lo relacionan con el sufrimiento del santo en el momento de ser crucificado y arrastrado. E incluso, quien humaniza a San Andrés, argumentando que en una de sus borracheras, a finales de noviembre, hubo que despertarlo con el ruido de los cacharros.

De cualquier manera, ya sea por devoción o por tradición, esta festividad dignifica la actividad del sector vitivinícola y mantiene viva una de las muestras populares más carismáticas. Como dice el enólogo de Tajinaste, Agustín García Farrais, se eligió San Andrés por no esperar a San Juan.

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