LOS GUANCHES

Primera Parte. Los Reyes Guanches.
Cuando los castellanos, una mañana cualquiera a finales del siglo XV, llegan a
una playa de las costas de Tenerife, pero no como desembarcos esporádicos de los
que se sucedían con alguna frecuencia desde finales del siglo XIII, protagonizados por
marinos genoveses, portugueses y castellanos, a los que se aproximaban los nativos
confiados y amistosos y que, aprovechándose de su ingenuidad, les robaban su ganado
y aprisionaban a algún pastor solitario, que vendían luego como esclavo, sino con toda
una flota bien pertrechada y cientos de soldados, los vigías que se encuentran en las
colinas próximas y se percatan de que esto ya no es una visita de “cortesía”,
comienzan a dar la alarma con sus bucios, las caracolas que usan como trompetas.
En poco tiempo, el sonido profundo de los bucios resuena de barranco en
barranco y de cumbre en cumbre, extendiendo la alarma por toda la isla, llegando a las
playas en oleadas, son los Guanches, pastores-guerreros, altos y bien desarrollados,
muchos de ellos de largos cabellos rubios y ojos azules; se dice que pudieran ser
descendientes de los Atlantes, los habitantes de la enigmática y sumergida Atlántida, o
procedentes de tribus Beréberes del norte de África, o posiblemente de Egipto, por la
similitud en el método de momificar los cadáveres; lo menos probable es que fueran
descendientes de Escandinavos, Fenicios o Cartagineses, como sostiene algún
historiador, ya que, ni tenían su cultura marinera, ni dominaban las artes de la
navegación.
Los esqueletos y momias que se conservan, tanto en el Museo Municipal de
Santa Cruz de Tenerife, como en el Museo Canario de las Palmas, muestran que los
guanches tenían unos huesos inmensos y gruesos, indicando que poseían una gran
fuerza, con estaturas comprendidas entre 175 y 185 cm., realmente altos para la época.
Pero, ¿estaban organizados en tribus o clanes? ¿tenían jefes? … Por supuesto, y
no solo jefes (sigoñes) militares, sino reyes, de los que desgraciadamente sabemos muy
poco, aunque lo poco que de ellos ha llegado a nuestros días, merece la pena
recordarlo aquí, ya que estoy seguro que reconoceréis muchos de sus nombres,
repartidos en calles, plazas y accidentes geográficos en todas las Islas Canarias.
Efectivamente es muy poco lo que de ellos conocemos, ya que en realidad sus
nombres no constan históricamente, salvo alguno mencionado en las Crónicas de la
Conquista de las Islas Canarias. Lo que sí sabemos es que a los reyes de Tenerife les
llamaban Menceyes y a los de Gran Canaria, Guanartemes.
Los Menceyes de Tenerife
Aunque la mayoría de los nombres que conocemos son legendarios, como
alguno cuya estatua hace guardia frente a la Basílica de La Candelaria, en el municipio
del mismo nombre en la isla de Tenerife, podemos establecer casi con total seguridad
que en un principio hubo un Mencey único en Tenerife, que se llamaba Tinerfe el
Grande, antes de que la isla fuera dividida entre sus hijos y nietos en los nueve
Menceyatos de: Anaga, Tegueste, Tacoronte, Taoro, Icod, Daute, Adeje, Abona y
Güimar.
No existen pruebas históricas de su existencia, ni de los nombres que hasta
nosotros han llegado, pero muchos de ellos aparecen en el Poema de Viana, del siglo
XVII, más de un siglo después de concluida la colonización. De ahí proceden muchos
de estos nombres, como los que siguen a continuación:
– Bencomo, gran Mencey de Taoro, a quien sucedió su hijo Bentor, era sin duda
el principal, de hecho tenía el tratamiento de Quevehi (majestad o alteza).
– Atxoña y Beneharo, Menceyes de Anaga, algunos cronistas mencionan a
Beneharo como héroe de la resistencia frente a los castellanos, cuando en realidad
parece ser que encabezó uno de los llamados ”Bandos de Paces”, que permitieron el
desembarco y la conquista.
– Añaterve, Mencey de Güimar, hijo de Acaymo, fue otro de los aliados de los
castellanos en la colonización de Tenerife.
– Romén, Mencey de Daute, que aparece en las crónicas como uno de los que
apoyaban a Bencomo de Taoro.
– Ichasagua, de Adeje y último Mencey de Tenerife.
– Y algunos otros, como: Bentinerfe, Caconaimo, Chicanairo, Izora, Tacoronte,
Tamaimo, Taborno, Tinguaro y Teno.
– También hubo princesas, tanto en Tenerife, como en Gran Canaria, entre las
que podemos mencionar a: Cathaisa, Guayarmina (Gran Canaria), Guasimeta,
Taganama, Agora, Atbitocaspe, Atguaxoña, Dácil, hija de Bencomo y Guazimara, la
princesa guerrera.
Viana desarrolla incluso una genealogía de todos ellos, sobre todo de los hijos y
nietos de Tinerfe el Grande, aunque nada relativo a dicha genealogía aparece en las
Crónicas de la Conquista, ni es mencionada por los historiadores de la época.
Los Guanartemes de Gran Canaria y la conquista de la isla
Si de los Menceyes de Tenerife conocemos poco, menos se sabe de los
Guanartemes, pero entre la leyenda y las crónicas aparece la figura de Atidamana, quien
era considerada como una diosa; de su unión con el guerrero Gumidafe nació Artemi
Semidán, que algunos investigadores designan como el primer y principal Guanarteme
de Gran Canaria, o al menos de una de sus tribus más importantes; sus hijos serían
más tarde a su vez los Guanartemes de alguna de las diez tribus en que, según algunos
cronistas, se subdividía la isla, aunque lo cierto es que sus conquistadores relatan en
sus crónicas la existencia de dos únicos reinos o Guanartematos, Telde y Gáldar, cuyos
Guanartemes eran Doramas y Thenesor Semidán, respectivamente.
Otros Guanartemes de los que tenemos noticia fueron: Adargoma, Betanguaire,
Oramas, Baute o Ibaute, como también se le conoce, Maninidra y Bentejuí, último
Guanarteme.
La conquista de Gran Canaria se había iniciado con el desembarco de D. Juan
Rejón, el 24 de junio de 1478, en las playas de Agaete, pero viendo la Corona el lento
progreso de la misma, envió a D. Miguel de Mújica y D. Pedro de Vera, quienes en
1480 llegan a Gran Canaria con la orden de deponer a Juan Rejón y concluir la
En agosto de 1480 moría el principal caudillo de la resistencia de Gran Canaria,
Doramas, con lo que el Guanartemato de Telde pasó a pertenecer a España, pero la
conquista seguía sin progresar, hasta que en 1482, D. Alonso Fernández de Lugo,
futuro conquistador de La Palma y Tenerife, desembarcó en Agaete, capturando al
Guanarteme de Gáldar, Thenesor Semidán, quien fue enviado a la Corte y presentado
ante los Reyes Católicos en Calatayud.
Thenesor Semidán fue bautizado y apadrinado por el Rey Fernando, tomando el
nombre de Fernando Guanarteme y convirtiéndose en fiel aliado de los castellanos.
Gracias a su influencia y capacidad de convicción sobre los indígenas, se logró una paz
plena en la isla, sellándose la capitulación en el Roque de Ansite, en el valle de Tirajana,
el 29 de abril de 1483. Tanto Fernando Guanarteme como la mencionada fecha, tienen
dedicadas sendas calles tras el Parque de Santa Catalina, en Las Palmas de Gran
Canaria, ciudad primitivamente denominada Guiniguada.
La Conquista de Tenerife
Gran Canaria pasó a pertenecer a la Corona de Castilla, tal como se ha
mencionado, el 29 de Abril de 1483, en cambio Tenerife no pudo ser conquistada
totalmente hasta el año 1498; había pasado casi un siglo desde la ocupación de
Lanzarote en el año 1402. Pero, ¿por qué se resistió tanto en ser conquistada la última
isla, cuando el resto de las Canarias pertenecía ya a la Corona de Castilla desde años
atrás? Lo cierto es que hubo muchos intentos de desembarco armado, que siempre
terminaron mal para los invasores, hasta que…, pero volvamos a aquella playa de
Tenerife donde dejamos a la flota castellana a punto de desembarcar.
Procedente de Gran Canaria, D. Alonso Fernández de Lugo, recala por fin en la
playa de Añaza, límite entre los Menceyatos de Anaga y Güimar, aunque otros cronistas
aseguran que se trataba de la playa de Chenech. Trae en su flota, no solo soldados
españoles, sino también un buen número de indígenas de Gran Canaria que ya han sido
cristianizados, al frente de los cuales viene D. Fernando Guanarteme; no en vano la isla
de Gran Canaria lleva más de diez años incorporada a la Corona de Castilla.
Era el 3 de Mayo de 1494 y Fernández de Lugo, plantando una gran cruz de
madera, funda el Real de la Santa Cruz, donde muchos años después se alzaría la
ciudad de Santa Cruz, también denominada Añazo, que sería capital de Tenerife, y de
las Islas Canarias a lo largo del siglo XIX.
Primera guerra contra los Menceyes y derrota castellana
Previamente, antes del desembarco, los castellanos habían establecido un pacto
de paz con cuatro Menceyes de los nueve que tenía la isla: Güimar, Anaga, Abona y
Adeje. Estos cuatro “reinos”, llamados “Bandos de Paces” no ponen trabas a los
conquistadores en su labor y no solo porque ya habían tenido contactos previos, sino
porque no hay un sentimiento común de pertenecer a una “nación guanche”, ya que
con frecuencia se producen guerras y escaramuzas entre las diferentes tribus o
Menceyatos. Sin embargo, Bencomo, el gran Mencey de Taoro y al parecer principal de
la isla, se niega a aceptar la ocupación de buen grado y, aliándose con los Menceyes de
Daute, Icod, Tacoronte y Tegueste, hace frente a los invasores. Juntos constituyen una
potencia respetable, ya que se trata de las zonas más ricas y pobladas de la isla de
Tenerife.
Pese a todo, D. Alonso Fernández de Lugo, quien tenía como título oficial “El
Adelantado”, se interna en la isla, cruza el valle de Aguere y llega hasta Tegueste en la
costa norte. No encuentra enemigos, la población parece haber desaparecido.
Confiado El Adelantado, sigue su marcha en dirección a Taoro, el corazón de la
resistencia, y se interna con todas sus tropas en el barranco de Acentejo (Aguas
Vertientes) y llega el desastre; los guanches les atacan desde las laderas, utilizan solo
piedras y lanzas contra los arcabuces y bombardas españolas, combaten bravíos y
prácticamente desnudos frente a las corazas, cascos y escudos de los conquistadores,
que sin embargo sufren una espantosa derrota, muriendo las tres cuartas partes del
ejército. Al lugar se le conoce como la “Matanza de Acentejo” y Fernández de Lugo y
los supervivientes se baten en retirada hostigados por los guanches y, llegados a la
costa, se embarcan de nuevo hacia Gran Canaria. Los guanches han vencido, por el
momento.
Segunda guerra, vencen los castellanos
La humillación ha sido demasiado grande, Alonso Fernández de Lugo vende
todas sus propiedades y, con el apoyo de Dña. Beatriz de Bobadilla, su esposa, así
como la ayuda militar y financiera de D. Juan de Guzmán, Duque de Medina Sidonia,
rearma la escuadra emprendiendo así una nueva expedición. En 1496 desembarca de
nuevo en la playa de Añaza, donde reconstruye el destruido Fuerte de Santa Cruz.
Más precavido por la experiencia sufrida, esta vez avanza sin prisas y construye
un nuevo fuerte en su camino hacia el interior, el Fuerte de Gracia. Sigue en su
desconfiado avance, encontrándose finalmente con los guanches en la llanura de
Aguere, donde hoy en día se alza la Universidad de La Laguna. Esta vez el gran error lo
cometen los guanches, enfrentándose en llano a la caballería, desconocida para ellos,
que los destroza. En esa batalla mueren el mismísimo Mencey Bencomo y su principal
sigoñe, Tinguaro; los guanches huyen en desbandada.
Los españoles avanzan ya sin tregua por las costas del norte y vuelven a
encontrarse con los guanches en Acentejo, muy cerca de la anterior matanza, pero
esta vez El Adelantado no se dejará sorprender y obtiene la victoria, fundando allí
mismo una nueva población, cuyo nombre será (cómo no) “Victoria de Acentejo”.
Pero la “joya de la corona” de Alonso Fernández de Lugo es sin duda la ciudad de San
Cristóbal de La Laguna, edificada en el maravilloso valle de Aguere, siendo allí donde se
establece el Cabildo o Consejo de la isla.
Muerto Bencomo, su hijo Bentor es proclamado Mencey de Taoro, pero Bentor
ya no representa ningún peligro para los conquistadores, quienes llegan por fin al rico
Valle de Arautava (La Orotava), corazón del Menceyato de Taoro, auténtico motor de
la resistencia, pero una gran epidemia, ante la cual los españoles aparecen inmunes, se
desata entre los guanches y que diezma a la población; mueren centenares de ellos en
pocas semanas. Posiblemente cualquier enfermedad traída desde el Continente para la
que no estaban preparados y que los cronistas de la época denominaron como “la
modorra guanche”.
En el lugar que hoy conocemos por Los Realejos, cercano al Puerto de La Cruz,
se produce la rendición guanche y con ello, la incorporación de Tenerife a la Corona
de Castilla. El fin de las guerras daría paso a la colonización, que tuvo lugar durante
gran parte del siglo XVI.
De lo que aconteció en las otras islas
En cuanto al resto de las Islas Canarias, también es bien poco lo que
conocemos respecto de sus primitivos “reyes” o jefes de tribu, aunque algo de ellos sí
ha transcendido hasta nuestros días:
Se dice que antes de su conquista en 1408, Fuerteventura estaba dividida en
dos reinos: Maxorata y Jandía, gobernados respectivamente por Guize y Ayore, los
cuales no debían llevarse demasiado bien entre sí, ya que construyeron un muro de
división entre ambos reinos, del que quedan algunos vestigios que se denominan como
“La Pared”. También sabemos que, al igual que los guanches de Tenerife, tenían en la
montaña de Tindaya su lugar mágico, donde habitaba un dios al que veneraban y
dedicaban multitud de petroglifos y dibujos podoformes que aún podemos contemplar
en su cima.
También Lanzarote estaba dividida en dos reinos, Famara y Geria, pero nada
conocemos de sus reyes.
La isla que hoy conocemos como San Miguel de La Palma y que sus antiguos
moradores, procedentes muy posiblemente del noroeste de África, conocían como
Benahuaré, estaban divididos hasta la llegada de los castellanos en el año 1443, en doce
cantones o tribus: Aridane, Tijarafe, Garafia, Tagaragre, Eceró, Adehayamen, Gazmira,
Tedote, Tigalete, Abenguareme, Guehevey y Tihuya. Esta fue la isla donde mayor
número de caballeros flamencos se afincaron durante la colonización, como Jacome de
Groenenberg, quien castellanizó su apellido, cambiándolo por Monteverde, Luis Van de
Walle, Adrián Van Praet, Pablo Van Dale, Jerónimo Boot y otros.
En cuanto a la conquista de La Palma, sabemos que D. Alonso Fernández de
Lugo desembarcó el 29 de septiembre de 1492 junto a Tazacorte (Aridane) y que
aunque encontró gran resistencia en Tanausú, rey de Eceró, el cual se hizo fuerte en la
Caldera de Taburiente, gracias a los “Bandos de Paces” de La Palma, la isla pudo ser
conquistada completamente en mayo de 1493.
De La Gomera sabemos que donde hoy se levanta su capital, San Sebastián,
antaño fue el centro del cantón aborigen de Hispalán, siendo su conquistador, D.
Hernán Peraza, El Viejo, quien en 1440 la rebautizó con el nombre del santo del día
como era costumbre. El fértil valle de Hermigua, junto con el de Agulo, constituía el
territorio o cantón de Mulagua. En cuanto al sur de la isla, los territorios de Alajeró y
Valle Gran Rey se integraban como reino prehispánico de Orone, donde residía el más
poderoso rey indígena de la isla. La conquista de La Gomera se completó en el año
1445.
Cuenta la leyenda que Gara, princesa de Agulo, hermana de Iballa, Hupalupo y
Hautacuperche, se enamoró de Jonay, humilde pastor que cuidaba los rebaños del
padre de su amada, pero como en tantas otras ocasiones, las diferencias sociales hacían
su amor imposible, y como tantas otras veces se repite en la historia, juntos se
suicidaron en lo más alto de la isla, donde nació un fértil y frondoso bosque, hoy día
parque nacional de Garajonay.
El Hierro, cuyo nombre nada tiene que ver con el mineral al cual alude, pues
es inexistente en la isla, al parecer tiene relación con la palabra bimbache “hero”, que
significa leche, aunque no está clara cual es la relación entre ambas.
Es la más pequeña de las islas, aunque hace unos 50.000 años era algo mayor, ya
que un cataclismo desgajó una gran parte de ella (unos 300 Km2
) desapareciendo en el
fondo del océano, dando lugar al impresionante anfiteatro del Valle del Golfo. Un
único monarca gobernaba en ella y fue conquistada en 1445 por Maciot de
Bethencourt.
Gran importancia tuvo en El Hierro el faro de Orchilla, por donde durante
1700 años cruzaba el Meridiano Cero, desde que en el siglo II así lo consideró
Ptolomeo, hasta que en 1883, nuestros grandes amigos del Imperio Británico
establecieron Greenwich como origen de todos los meridianos, con la connivencia del
resto del mundo.
Otra curiosidad de El Hierro: la “viuda negra”, pequeña araña muy venenosa
que vive bajo las piedras (no teje telarañas), tiene su hábitat en esta isla y aunque es
poco abundante, tendré sumo cuidado en no levantar ninguna piedra cuando algún día
visite El Hierro.
Aunque genéricamente se conocía a todos los moradores de las Islas Canarias y
particularmente de Tenerife, como Guanches o Atlantes, hablando todos la misma
lengua, aunque con formas dialectales distintas, los habitantes de cada isla tenían
nombres diferentes, teniendo hoy día asimismo sus gentilicios muy particulares, nuevos
o heredados, a saber:
DENOMINACIÓN DE LAS ISLAS Y DE SUS HABITANTES
Nombre
actual
Nombre Guanche Gentilicios (guanches y actuales)
Tenerife Chinet o Achinet Guanches, Tinerfeños, Chicharreros
La Palma Benahuaré Ahuaritas, Benahoritas, Palmeros
La Gomera Gomera Junonienses, Gomeros
El Hierro Hero Bimbaches, Herreños
Gran Canaria Tamarán o Tamarant Tamaraotes, Grancanarios, Canariones
Fuerteventura Erbani Majoreros, Conejeros
Lanzarote Titerogakat Majos, Lnzaroteños
Pero, ¿qué fue de Los Guanches?
Concluida la segunda guerra de Tenerife y completada la conquista, quedarán
focos de resistencia, que prolongan las escaramuzas durante unos dos años. El Mencey
Bentor de Taoro, perdida su libertad y sin posesiones que gobernar (sin su guañac), se
retirará hasta los acantilados de Tigaiga, lanzándose al vacío y terminando así con su
vida, no sin antes gritar el preceptivo Vacaguaré (quiero morir).
Los guanches rebeldes son esclavizados y vendidos, alguno incluso en los
mercados europeos, aunque bastantes de ellos, los bautizados, recurren a La Corona y
son liberados y autorizados a volver a sus islas. Pero la mayoría rechazan la vida en las
ciudades y pueblos que se fundan por todas las Canarias, prefieren vivir en las
montañas como pastores de acuerdo con sus valores tradicionales, se les conocía
como “guanches alzados”.
Los conquistadores repartieron las tierras, algunas de ellas a los nobles
guanches de los clanes que pactaron con los castellanos y que habían contribuido a la
conquista, tanto de Tenerife, como de Gran Canaria y el resto de las islas.
La mayoría de los guanches son bautizados, adoptando los nombres de sus
padrinos conquistadores, haciendo desaparecer en breve espacio de tiempo los
nombres guanches. Siglos después tan solo se conserva alguno de los apellidos y
nombres guanches, como: Bencomo, Baute, Doramas, Mencey, Guanarteme… y los
topónimos de pueblos, valles y montañas, que siguen siendo guanches: Anaga, Icod,
Abona, Güimar, Teide, Ucanca, Tejina, Tegueste, Tacoronte, Orotava, Chimiche,
Arico, Adeje, Isora, Arona,… y muchos más.
Según el lingüista canario Francisco Artiles, palabras todavía hoy utilizadas por
los pastores de Fuerteventura y Lanzarote, pertenecen a la lengua guanche, como:
mastuca, firanca, puipana y ambrasaca, que se refieren a los colores de la piel de las
cabras; un tofio es un recipiente utilizado para ordeñarlas, el teberite es la marca en la
oreja del ganado para determinar su dueño, y algunas otras menos conocidas, como:
Acojeja, Aripe, Charagueche, Chajajo, Chajorra, Chabao, Cheseme, Chigora, Chío,
Chiguerche, Chirche, Chirabal, Erques, Imeche, Majagora, Tágara, Tamuja, Tejina,
Tauce, etc.
Pero la cultura guanche desaparece rápidamente, hasta el punto de que su
idioma se pierde en apenas un siglo, tan solo se conservan algunas palabras aisladas en
el lenguaje cotidiano. Si lo pensamos fríamente, llegaremos a la conclusión de la
imposibilidad de supervivencia de una cultura neolítica, que entra de repente en
colisión con la cultura europea del Renacimiento.
No olvidemos tampoco que el siglo XVI, época de la colonización de Canarias,
coincide con el Imperio mundial de España, con una enorme aportación de inmigrantes
a las Islas procedentes principalmente de España, Flandes, Alemania, Italia y Portugal,
que cambian de territorio, pero no de Soberano cuando se trasladan a Canarias. Las
poblaciones se mezclan rápidamente y, por lógica, los guanches se diluyen en esa
mezcolanza.
Pero de alguna manera, parte de la cultura guanche sigue presente en muchos
aspectos de la sociedad canaria actual, una sociedad de mestizaje y de encuentro entre
culturas, que perviven en ritos, costumbres, creencias, supersticiones y folklore. Una
sociedad europea, bajo la cual late el corazón de los antiguos Guanches.
Antonio J. García Medina – Febrero de 2004

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